
Oussama Ammar
Israel no es mi enemigo
Y no, el Mossad no me paga por escribir esto.
Publicado originalmente en francés en Flâneries Libres.
Recuerdo como si fuera ayer mi primera bronca con mi familia por Israel. Vengo de una familia del sur del Líbano. Y en esa familia, por supuesto, durante muchísimo tiempo, pensamos que todos los problemas del mundo venían del enemigo, venían de Israel.
¿Cómo iba a ser de otra manera?
El ejército israelí mató a mi abuela. Y ya he perdido la cuenta de los miembros de mi familia que murieron, víctimas desafortunadas bajo las bombas. El ejército israelí le ha destruido la casa a mi madre cuatro veces.
Cuatro veces.
La última vez, después del 7 de octubre y de los trágicos acontecimientos en Israel, el ejército israelí atacó el Líbano, y aquella destrucción fue la gota que colmó el vaso. Fue la destrucción que hizo que mi madre perdiera toda esperanza de poder volver algún día al Líbano.
Desde ahí hablo. No desde un plató de televisión, ni desde un aula universitaria, ni desde una kufiya comprada en Instagram. Desde una familia chií del Sur que ha pagado y sigue pagando.
Y precisamente por eso puedo escribir lo que sigue.
Estamos bendecidos por los dioses. Mi madre está a salvo, conseguí sacarla del Líbano a tiempo, pude sacar a decenas de personas del Líbano y, con total confidencialidad, ayudé a salir a cada persona que quería abandonar ese país. He ayudado económicamente a miembros de mi familia, a desconocidos y a toda esa gente que convierte a esta diáspora en una fuerza increíble.
Porque el Líbano no es un país como los demás. El Líbano es un país compuesto por muchas religiones a las que les cuesta muchísimo convivir. Históricamente, cada una de esas religiones siempre ha sido manipulada por una potencia extranjera, por una fuerza de ocupación, y Hezbolá no es más que parte de una larga tradición libanesa de recibir influencias del exterior, porque el país no tiene los medios para ser económicamente independiente.
Sin embargo, lo que observo es que en los Emiratos y en el extranjero ya no hay chiíes, maronitas, cristianos, protestantes, suníes, drusos o lo que sea. Hay libaneses y hay cierta cultura común. Una pasión por la fiesta, cierto espíritu de disfrutar de la buena vida, una resiliencia que hace soñar. Estoy extremadamente orgulloso de llevar dentro ese tipo de raíces y ese tipo de valores.
El sur del Líbano es una región complicada que, durante muchísimo tiempo, fue pobre, de mayoría chií, y rechazada por el resto del Líbano. Encontraron en Hezbolá a unos libertadores, no solo militares, sino también económicos. Hezbolá es algo que conocemos bastante poco en Francia. Es una organización cuyo alcance también es económico; no es solo militar, es una especie de Estado paralelo dentro del Estado.
En el punto álgido de la crisis, cuando en el Líbano ya no había ni un banco que funcionara, Hezbolá podía proporcionar billetes de 100 dólares, podía proporcionar préstamos, podía proporcionar apoyo y permitía vivir a toda una región. No soy ingenuo, sé perfectamente que Irán colonizó el sur del Líbano, no por la fuerza, sino por afinidad ideológica y mediante la compra de bienes y servicios que facilitaron la vida de muchos habitantes de esa región pobre.
Pero ¿cuál es la realidad? La realidad es que ese apoyo, esa resistencia, tuvo un precio para el pueblo libanés. Ese precio es el de la sangre, la guerra, la destrucción.
El modelo que importamos de Irán es incompatible con el Líbano. El Líbano siempre ha vivido solo de su apertura, de su comercio, de su capacidad para mantener unidas a comunidades que en otros lugares se masacran. Importar un modelo islamista monocultural a ese país equivale a romper el motor que hacía funcionar la máquina.
Yo no decidí la creación del Estado de Israel. Ningún miembro de mi familia decidió la creación del Estado de Israel. No tengo ni idea de si fue una buena decisión o una mala decisión. No estaba en aquella sala en 1948, y lo que veo es que el Estado israelí está ahí y ha llegado para quedarse.
Los países árabes intentaron hacer la guerra a Israel y perdieron. Sé que es muy difícil de oír, pero las guerras se ganan y se pierden, y en las relaciones de fuerza hay fuertes y hay débiles. Hoy, en la región, el fuerte es Israel. Eso provoca histeria, provoca tristeza. Hay gente contenta y gente descontenta; hay gente proisraelí, gente que no lo es, sionista, no sionista. Nada de eso me interesa. Lo único que observo es que ese pueblo israelí, por razones legítimas o no, está asentado en Judea y tiene intención de quedarse allí.
Así que nosotros, los demás pueblos semitas de la región, tenemos dos opciones: aceptar su existencia y alcanzar un acuerdo de paz con ellos, o hacerles la guerra hasta que uno de los dos bandos muera. Israel ha demostrado una implicación, una disciplina y una capacidad para defenderse que ningún país de la región ha demostrado. Quizá, si los países de la región fueran menos corruptos, menos incapaces de utilizar todo el dinero que se les da para desarrollar sus países, quizá habrían logrado crear un espíritu de cuerpo, quizá habrían logrado desarrollar los medios para defenderse.
No sirve de nada rehacer la historia. La situación hoy está muy clara: Israel es un Estado fuerte, quiere existir, y si eso pasa por reconocerlo, soy el primero que quiere reconocer el derecho de Israel a existir, porque el Líbano no tiene nada que hacer en el conflicto israelí-palestino y ningún libanés debería morir por las ambiciones imperialistas iraníes.
No deja de ser una locura que un país cuya lengua no hablamos, cuya cultura no compartimos, pueda dictar su voluntad a todos los miembros de la sociedad con el pretexto de que una minoría del país comparte una religión con ese país. Y al mismo tiempo, seamos lúcidos. Si Irán pudo instalarse en el sur del Líbano como lo hizo, fue porque ninguna fuerza libanesa fue capaz de ocupar ese espacio. No te quejes de lo que llena un vacío que tú mismo no supiste cerrar.
Sí, lo sé, nací chií, tengo familiares chiíes. Y precisamente por eso puedo decirlo sin rodeos: mi comunidad apostó por la alianza iraní y por el Estado dentro del Estado como modelo político. Esa apuesta fracasó. Y los primeros en pagar la factura, con sangre, son los chiíes del Sur.
Ya no soporto esta coalición que se ha formado en torno al antiisraelismo y que reúne a militantes de izquierda opuestos a todas las guerras salvo a las que les convienen, a los que odian a Trump y son incapaces de admitir que un acuerdo de paz pueda salir de alguien a quien desprecian, a académicos occidentales que aplican un marco decolonial a una región que no conocen, a influencers que se han construido una carrera alrededor de la kufiya, a islamistas que ven en Israel un enemigo metafísico en vez de un Estado con un ejército e intereses, a diplomáticos europeos que han construido su carrera sobre la prolongación del conflicto y a celebridades occidentales que firman artículos de opinión entre rodaje y rodaje.
Toda esa gente tiene algo en común: no vive en la región, no ha perdido a nadie allí, nunca tendrá que vivir con el resultado concreto de sus posturas. Sus opiniones no les cuestan nada. A nosotros, sí.
Israel no es mi enemigo. Israel es un pueblo con el que quiero tener vínculos. Israel es una zona cultural extremadamente cercana, genética, social e intelectualmente, a un libanés. Cuando ves a un libanés y a un israelí y no te dicen quién es quién, es difícil distinguirlos.
¿Por qué? Porque compartimos un destino y una cultura común.
Es hora de escribir un capítulo y una historia compartidos que no vengan impuestos desde el extranjero, sino que nazcan de verdad de la voluntad de una gran parte del pueblo libanés.
Nunca habría creído que vería lo que he visto hoy.
Durante el desayuno leí el anuncio de la reunión y vi las banderas ondeando juntas, y se me llenaron los ojos de lágrimas. De alegría.
Nunca habría creído que vería a toda esa gente aplaudir en la calle un alto el fuego.
El viento ha cambiado y he sentido que, incluso en lo más profundo del sur del Líbano, hay un hartazgo real de la miseria y la guerra. Se ha pagado el precio de la sangre durante demasiado tiempo y es hora de pasar a otra cosa.
Cuando era niño, Nelson Mandela me marcó profundamente con dos palabras sencillas: forget y forgive. No sé si hoy somos capaces de hacerlo. Pero espero que esta región pueda inspirarse en ellas algún día.
Querido Líbano, منرجع منبني
Intentemos hacer la paz, y quizá mucho más todavía.
